Vejez, desigualdad y dependencia

En 2003 se llevó a cabo un estudio en el que se analizaron asociaciones entre desigualdad, inseguridad alimentaria y malnutrición en 1 263 varones y mujeres de 70 y más años residentes de la ciudad de méxico y su zona metropolitana. en este trabajo se encontró una asociación negativa entre limitación de aivD y estrato socioeconómico. Las prevalencias fueron, respectivamente, 11.5 y 19% para los estratos socioeconómicos más bajo y más alto (p < 0.000). esto podría atribuirse al hecho de que en condiciones de mayor pobreza, y con escasa ayuda de otros, los ancianos deben resolver por sí mismos sus necesidades a pesar de las limitaciones físicas, las cuales, además, podrían no ser reconocidas como tales (cuadro 1). Los resultados anteriores se contraponen con una lógica de causalidad en la que se espera que, a peores condiciones de vida, la funcionalidad de los ancianos sea menor, tal y como se ha demostrado en algunos estudios (Gurland, 1998; Koster et al., 2006; hairi et al., 2010). En este mismo estudio se analizaron indicadores a partir de los cuales se pueden inferir otras formas de dependencia en la vejez, más allá de la que significa la disminución de la funcionalidad física.

Pese a que las diferencias entre estratos no fueron estadísticamente significativas, la falta de un ingreso afectaba en promedio a 2 de cada 10 ancianos; una proporción similar se aprecia en la ausencia de apoyo cuando se necesita dinero. aunque en promedio 40% de los hogares estudiados no estaban encabezados por una anciana o anciano, el análisis por estrato revela una proporción mayor de hogares sin una jefa o jefe de 70 y más años en el quintil v que en el i (respectivamente, 52.2 frente a 29.7%; p = 0.000). en países en vías de desarrollo es cada vez más común medido según quintil de gasto per cápita en el hogar, como indicador proxy de pobreza por condiciones de consumo socioeconómicas.

La jefatura del hogar a cargo de personas adultas mayores, ya sea por prácticas culturales muy arraigadas respecto a la autoridad que representa un sujeto viejo; por las constantes presiones económicas o las dificultades para acceder a un hogar en las generaciones más jóvenes, o bien porque los ancianos  han  podido  acceder  a  recursos  por  vía  de  una  pensión  (ruggles  y heggeness, 2008), lo que significa una fuente de ingreso más (y en algunos casos la única) para el hogar. en este estudio, al menos un anciano en el 62% o más de los hogares de cada estrato contaba con una pensión no contributiva (resultados no mostrados en el cuadro). en los estratos más pobres, la presencia de esta fuente de ingresos, lo mismo que un mayor apego a las tradiciones que se refieren al reconocimiento de la autoridad en el hogar, bien podrían explicar una mayor proporción de jefas o jefes ancianos que en los estratos menos pobres. sin embargo, sería importante analizar los datos por tamaño y tipo de hogar, por el número y tipo de fuentes de ingreso, así como por indicadores de género, entre otros.

A medida que la pobreza es más aguda los porcentajes de baja escolaridad (menos de primaria) son mayores entre los ancianos: 84 frente a 49% para los quintiles i y v, respectivamente (p=0.000). en el mismo sentido, la proporción de viviendas en condiciones materiales no adecuadas para la salud de las personas mayores crece a medida que la pobreza lo hace: 77.3 frente a 41.8%, para los quintiles i y v, respectivamente (p=0.000).

En promedio, poco más de una cuarta parte de la población de estudio carecía de acceso a servicios de salud, aunque las diferencias por estrato socioeconómico no fueron significativas. lo que llama la atención es que en el estrato más pobre una mayor proporción de ancianos percibía su salud como no adecuada, en comparación con los sujetos del estrato menos pobre (respectivamente, 32.4 frente a 22.1%; p=0.000).

Tres indicadores que evidencian la ausencia de apoyo emocional en la población de estudio son: no tener con quien platicar, comer sola o solo la mayor parte del tiempo y no decidir sobre la preparación de los alimentos. este último indicador refleja, además, la imposibilidad de tomar decisiones importantes no sólo para sí mismo, sino también para la dinámica del hogar. en el primero de este conjunto de indicadores no se observan diferencias significativas entre estratos. la mitad de los ancianos más pobres carecía de compañía cuando ingería sus alimentos, mientras que poco más de la cuarta parte de los sujetos en el estrato menos pobre reportó esta misma experiencia (p=0.000). la condición de no decidir sobre cómo preparar sus propios alimentos se distribuye, en cambio, en un sentido inverso al indicador anterior, ya que, a mejor nivel socioeconómico, menor proporción de sujetos que toman la decisión antes referida: 26.9 frente a 18.7%, para los estratos alto y bajo, respectivamente (p=0.032).

Los resultados de este trabajo llaman la atención sobre posibles formas en las que, ante condiciones de pobreza y desigualdad, los ancianos son dependientes más allá de las dimensiones físicas o mentales del término. las carencias sociales, económicas y ambientales fragilizan a los ancianos (markle y Browne, 2003), generándoles formas complejas de dependencia.

Bibliografía

http://www.geriatria.salud.gob.mx/

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