DEFINICIÓN “COMPLEJA” DE LA FRAGILIDAD

La fragilidad es un concepto reciente de la medicina y de la geriatría que pretende estimar el estado de salud de una persona mayor de una forma más completa que los indicadores simples de mortalidad, morbilidad y discapacidad para realizar actividades de la vida.

Aunque no hay todavía un consenso en la literatura médica sobre una definición exacta de la fragilidad, y menos aún sobre cómo medirla y cuantificarla, se describe la fragilidad
aproximativamente como “la susceptibilidad no-específica por resultados negativos en la salud por factores múltiples como el envejecimiento, enfermedades y malos hábitos”
(Rockwood, 2005; García González et al., 2009). Algunos estudios interpretan esta susceptibilidad no específica como la acumulación de defectos aleatorios que se adquieren a lo largo de la vida (Mitnitski et al., 2002).

El cuerpo humano y sus órganos son muy robustos y resistentes, así que un defecto individual no necesariamente causa un disfuncionamiento inmediato (Goldberger etal., 1990a), pero a largo plazo el efecto cumulativo de muchos defectos puede llevar a una disminución de la eficiencia de procesos biológicos en el cuerpo humano. Esta
interpretación de la fragilidad parece concordar con la teoría de envejecimiento del cuerpo desechable de Kirkwood (1997), que argumenta que la evolución darwiniana ha
establecido en cada especie un equilibrio entre la inversión de energía y recursos en el mantenimiento y la reparación somática, por un lado, y por otro, en una reproducción
prolífica. En este marco teórico, el envejecimiento se explica como el amontonamiento de daños somáticos no específicos que no se reparan más.

Un estudio reciente en adultos mayores mexicanos cuantificó la fragilidad como la razón del número de condiciones presentes en el paciente entre un total de 34 déficits incluidos en el estudio (García González etal., 2009). Un resultado sorprendente de este estudio es
que mujeres menores de 80 años muestran un índice de fragilidad mayor que los hombres de la misma edad. No está claro todavía si esta diferencia en fragilidad en hombres y mujeres se explica por factores genéticos y sociales, o si más bien refleja una posible subjetividad del estudio, probablemente introducida por el auto-reporte del paciente,
en el que la mayor parte de los métodos existentes se basan para cuantificar la fragilidad.

Una manera alternativa para definir la fragilidad se basa en el concepto de la “complejidad” espacial y temporal de la física que recientemente encuentran sus aplicaciones en la fisiología (véanse, por ejemplo, los artículos de revisión Kenkel y Walker, 1996; Glenny et al., 1991; Gisiger, 2001). En los últimos decenios, se ha descubierto que
con el envejecimiento, enfermedades o malos hábitos, los órganos del cuerpo pierden progresivamente detalles en su estructura espacial a diferentes escalas, lo que se puede
llamar una pérdida de “complejidad espacial”. Muchos órganos también generan señales temporales o “series de tiempo”, como los latidos del corazón o las ondas cerebrales,
las cuales también pierden “complejidad temporal” con la edad y las enfermedades. Parecería que haya una relación entre una pérdida de complejidad y un aumento de la
fragilidad.

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